El parto de Anna
Debo empezar por decir que mi parto, lo mismo que mi embarazo han sido las
mejores experiencias de mi vida. A pesar del temor que me causaba no tolerar
el dolor, decidí que quería tener un parto psicoprofiláctico
en agua, para lo que tenía que prepararme. A las 16 semanas empecé
a hacer yoga prenatal y a las 25, un curso psicoprofiláctico, además,
claro de leer cualquier cosa que caía en mis manos, relacionada con
el tema.
Mi trabajo de parto empezó a las 38 semanas de gestación, el
14 de agosto de 2005 a las 9:20 p.m., momento en el que se me rompió
la fuente, en Cuernavaca, en casa de una de mis tías. En ese momento,
fui al baño para ver qué pasaba, después entró
mi esposo, que es ginecólogo, me hizo un tacto y me dijo que tenía
un centímetro de dilatación. Entonces, como era de esperarse,
de inmediato tomamos camino para el D.F., con la tranquilidad de estar con
mi marido y de que, en caso de ser necesario, él podía atenderme.
Cabe mencionar que antes de que se me rompiera la fuente no tuve ninguna contracción,
por lo menos, ninguna que yo pudiera percibir. Toda la carretera estuve con
contracciones, primero irregulares y no muy intensas, pero a la altura de
Tres Marías, empezaron a ser rítmicas, 3 en 10. Para cuando
llegamos a la casa, aproximadamente a las 10:30 p.m., ya tenía contracciones
muy intensas con duración de hasta 90 segundos cada una. Llegando a
la casa me recosté y seguí trabajando mis contracciones mientras
mi esposo, Enrique, hacía su maleta y terminaba de guardar lo que faltaba
en la mía. A las 11:30, una vez más, Enrique me hizo un tacto
y ya tenía cinco centímetros y medio de dilatación, entonces
le llamó a la ginecóloga que me atendería para decirle
que ya estaba en trabajo de parto y cuántos centímetros de dilatación
tenía ya en ese momento, también le habló a la dula,
Encarni, al hospital para avisar que íbamos para allá y al pediatra,
que finalmente no pudo recibir a Anna. A las 12:00 a.m. llegamos al hospital,
mientras hacían mi historia clínica tuve muchas contracciones
muy seguidas, una tras otra, tras otra. Apenas terminaron con eso, me metí
a la regadera para relajarme, maravilloso, me resultó mucho más
fácil y tolerable el trabajo de parto con el agua caliente cayendo
en mi espalda. A la 1 a.m. llegó Encarni, que fue, junto con Enrique,
la que finalmente atendió mi parto, pues la ginecóloga llegó
10 minutos después de que nació Anna. De ahí, hasta que
nació la bebé, perdí la noción del tiempo, Encarni
me sacó de la regadera y, como se me olvidó la pelota, me sentó
volteada hacia atrás en la taza del baño, para masajear mi espalda;
a partir de ese momento sentí mucha necesidad de empezar a pujar, así
que empecé a hacerlo, sin mucho esfuerzo para no cansarme, pero eso
me resultaba muy relajante. Entonces, Enrique me hizo otro tacto y supimos
que ya tenía nueve centímetros pero que todavía no se
borraba por completo el cuello de la matriz; me metieron a la tina y un rato
más tarde, no sé cuánto, empecé a pujar. No fueron
muchos pujos y salió la cabecita de Anna, ese momento, el de la coronación,
fue el más doloroso de todo el parto; luego, un último pujo
y salió, a las 4:50 a.m. del 15 de agosto de 2005. Anna pesó
4.750 kg y midió 44 cm, con lo que una vez más comprobé
que la naturaleza sabe muy bien lo que hace, mis isquiones no se abrieron
bien, y de haber sido más grande, mi bebé no habría podido
nacer por vía vaginal.
El parto duró, desde que se me rompió la fuente, a las 9:20
p.m., hasta que nació Anna, a las 4:50 a.m., 7 horas y 30 minutos;
la verdad tuve un trabajo de parto muy rápido, sobre todo considerando
que soy primeriza.
El yoga y la psicoprofilaxis me sirvieron mucho para ponerme en contacto con
mi cuerpo y con mi bebé, lo mismo que para saber lo que me pasaba paso
a paso. Mi cuerpo me fue dictando cómo respirar, cómo moverme,
en qué posición estar, en fin, la naturaleza es una maravilla,
yo lo único que hice fue dejarme llevar, escuchar a mi cuerpo y hacer
lo que me dictaba. En cuanto al dolor, lo que más me sirvió
fue respirar y meterme a la regadera, eso me resultó sumamente relajante.
Lo único que cambiaría de mi parto sería a la ginecóloga,
el hecho de que llegara tan tarde, más bien de que no llegara para
el parto, nos estresó mucho a Enrique y a mí, aunque llegó
un momento en que yo decidí dedicarme a mi parto y dejar que alguien
más se ocupara de eso; el problema fue que eso le correspondió
a mi marido y tuvo que “atender” el parto, aun cuando desde antes
de embarazarnos habíamos decidido que éste lo viviría
como papá y nada más. Lo bueno fue que no lo atendió
del todo, Encarni fue de gran ayuda e hizo la mayor parte; me tranquilizó
mucho tenerla a mi lado.
Por mi experiencia recomendaría, que si deciden tener un parto sin
anestesia, escuchen a su cuerpo, no hay que tener miedo, la naturaleza es
sabia y les va a decir qué hacer y cómo hacerlo. Lean, prepárense,
conozcan, pónganse en contacto con su interior, con su bebé
y con su cuerpo. Es importante respirar, es importante relajarse, pero lo
más importante y lo mejor para conseguir tener un parto menos doloroso
es pensar en la recompensa, imaginar a tú bebe en tus brazos, ése
es el mejor anestésico, la ilusión de conocer a la personita
que creció dentro de ti a lo largo de tantos meses.
Lorena Lizama