El parto de Clemente


Hace más de un mes que di a luz a Clemente, mi segundo hijo… es increíble cómo pueden cambiar tantas cosas en tan poco tiempo, empezando por el cuerpo.
Con mi primer parto tuve la experiencia más fuerte, dolorosa y feliz de toda mi vida y me siento afortunada de haber podido vivirla una segunda vez. En esta ocasión el parto fue más tranquilo y familiar pero no por eso dejó de ser impresionante.

Durante mi embarazo tomé clases de yoga para embarazadas y el curso de Paty Estrada de preparación para el parto, me sentía preparada y en forma aunque no dejaba de preocuparme por lo que vendría después de haber dado a luz. Mi parto anterior había sido más o menos reciente y mi cuerpo no estaba recuperado del todo, cargaba conmigo un cansancio y una tensión acumuladas desde mi primer embarazo. En el sexto mes, encontré a la doctora Ángeles Guerrero, esto fue una gran suerte, desde la primera consulta supe que había caído en muy buenas manos. A partir de entonces mis problemas de estómago, anemia, ciática y posibles angustias cesaron; sólo había un detalle que me preocupaba y era que no quería que me sucediera lo mismo que en mi primer parto pues al romperse la fuente salió meconio en el agua y eso ocasionó que el parto no fuera tan placentero como lo hubiera deseado.

Llegué a la semana 40 sin ningún percance ni complicación. El 2006 ya había empezado y cada vez me sentía más extraña y ausente; muy adormilada y con problemas para concentrarme en otra cosa que no fueran mis sensaciones y mi panza…estaba enteramente en espera.

El 5 de enero alrededor de las 10 de la noche me preparé para dormir y a la hora de sentarme en la cama noté un poco de mucosidad gelatinosa color café rojizo en la sábana, muy poco pero era algo que no me había salido durante todo el embarazo así es que decidí llamarle a Ángeles. Ella me dijo que posiblemente era el tapón mucoso y que no me preocupara, que me durmiera y le llamara en caso de que ocurriera otra cosa. Efectivamente 2 horas después ocurrió algo más: una llamada telefónica me despertó y a la hora de levantarme salió un chorrito de agua que mojó la sábana y fue dejando marca en mi recorrido al baño. La fuente se había roto, no tenía duda, sabía que el gran momento había llegado, el punto de no retorno, el final y el inicio.- al mismo tiempo Lorenzo mi hijo se despertó llorando - Le hablé de nuevo a Ángeles y me dijo que me fuera al hospital (Sta. Teresa) para que el médico de planta me checara. Me entró la emoción y un poco de nervio pero sobretodo mucha emoción. El sueño se me fue y una oleada de energía me invadió por completo. Le hablé a mis padres para que vinieran a cuidar a mi hijo y nos lanzamos Carlos y yo caminando al hospital (vivimos muy cerca) en una de las noches más frías del invierno con una gran ilusión que nos quitaba todo posible frío del cuerpo.

E l hospital estaba muy tranquilo aunque recuerdo haber escuchado el chillido de un niño y pensar: un nuevo ser acaba de llegar al mundo, el siguiente será el mío.

Nos llevaron a un cuartito tipo consultorio donde me pidieron que me desvistiera, me pusiera una bata y me acostara en una camilla. Ahí una enfermera me checó la presión. Minutos después nos pasaron a otro cuarto en donde el médico de planta me colocó una especie de cinturón alrededor de la panza y con el mismo aparatito que usa la doctora en el consultorio escuchamos el corazón del bebé. Yo sentía como salía el agua y me preocupaba un poco que hubiera meconio…y en efecto, minutos después el doctor nos informó que había meconio y que tenía 3 cm. de dilatación. Fue un momento duro para mí porque yo quería que esta vez fuera distinto, Carlos me ayudó a aceptarlo. Lo que me preocupaba del meconio era que igual que en el primer parto, me introdujeran unos cables para ponérselos en el cerebro al bebé con el fin de monitorear su corazón, además de inyectarme suero y oxitocina que me tendrían imposibilitada de una mano y con mucho más dolor. Lo bueno es que esta vez la reacción de los doctores fue muy distinta (sabía que podía confiar en Ángeles) y únicamente me pidieron que me mantuviera acostada. Nos quedaríamos ya en el hospital. Durante alrededor de 40 minutos estuvimos en ese cuarto tratando de relajarnos mientras una máquina registraba mis contracciones y escuchábamos constantemente el latido del corazón de Clemente. El escuchar constantemente el latido del bebé no ayudó en lo más mínimo a relajarnos, fue un momento tenso que pasó lento.

Sentía las contracciones muy ligeras. Clemente se movía de vez en cuando.
Pasados los 40 minutos entró de nuevo el doctor, me quitó el cinturón y nos pidió que pasáramos al cuarto que me habían asignado, él se estaría dando sus vueltas para ver cómo avanzaba el proceso y yo por mi parte debía de informarle cuándo las contracciones se hicieran muy intensas. Este fue el primer error pues mi umbral de dolor es alto y con mi naturaleza estoica externalizo poco, creo que el doctor esperaba observar signos mucho más evidentes.

Era alrededor de la una y media de la madrugada, intentamos dormir aunque yo no dormí ni un minuto el cuarto estaba oscuro y no se escuchaban ruidos en la calle. Empecé a relajarme y a concentrarme en la respiración. Al principio las contracciones eran suaves, como un cólico menstrual pero se fueron intensificando poco a poco. Como cuando se avecina una tormenta y las nubes se condensan y se oscurecen, el viento sopla fuerte y los animales huyen. Toda esta parte la recuerdo sin tiempo. Conforme las contracciones se intensificaban yo me iba sumiendo en un estado ausente entre adormecida y lúcida. Sobre llevar el dolor se volvió un reto, un diálogo, una constante, un único objetivo. Cada contracción que pasaba sabía que vendría una más fuerte, podía sentir cómo empezaba y cuándo se acercaba el momento de dolor agudo y cómo iba bajando despacio hasta desaparecer por unos momentos, en estos periodos sin dolor aprovechaba para respirar y relajarme. Olas de dolor que aparecían y desaparecían y lo único que yo podía hacer era dejarme llevar y tratar de relajar hasta las uñas. Algo que me servía mucho era relajar la boca y la quijada.
Durante todo este tiempo permanecí acostada porque así me lo pidió el médico de planta, y también creo que no sentía el ánimo de levantarme, dentro de todo era de noche y todo a mi alrededor parecía estar durmiendo - me quedaré con la duda de cómo se pasa el parto haciendo las posturas y movimientos que enseñan en los cursos y en los libros -.

No puedo negar que el dolor que sentí fue muy fuerte, no tan intenso como en mi primer parto pero aún así muy muy intenso. En cada contracción sentía que el dolor era como una energía muy caliente que abrazaba y me hacía flotar y sentirme inmaterial - pura energía que me trasladaba horizontalmente en el cuarto, como en una lancha en mar adentro -y en cada contracción me concentraba para aguantar y aceptar que me dolía y así poder soltar todo mi cuerpo. Se convirtió en un reto, sabía que cada vez vendría un dolor más fuerte…
No sé cuánto tiempo había pasado entonces, el doctor pasó dos veces a checar el corazón del bebé y a observar el proceso, el problema es que se confió mucho en que yo me veía muy tranquila y dio por hecho que las contracciones no eran intensas. Yo le comunicaba tranquilamente que se estaban intensificando pero mi error fue no dar más detalles de lo que iba sintiendo, lo único que pensaba era aguantar y estaba completamente absorta en esa labor. Fue hasta la tercera visita que el doctor decidió checar la dilatación; ya para entonces estaba 7 cm. dilatada, la expresión del doctor cambió y salió rápidamente a comunicarse con la doctora Ángeles.

A partir de este momento todo sucedió como una avalancha, el clímax de la tormenta estaba por llegar. El dolor se agudizó, empecé a sentirme incómoda y con ganas de orinar. Carlos me acompañó al baño, no hice nada pero empecé a sentir un poco de ganas de pujar y salió mucha sangre. Carlos y yo nos espantamos y regresamos rápidamente a la cama. A partir de aquí todo pasó rapidísimo, Ángeles no llegaba y perdí la concentración. La sensación cambió, ahora la energía sacudía mi cuerpo entrecortadamente y mi respiración iba muy rápido. Me quería levantar, me quería mover y a la vez no quería hacer nada lo único que quería era que Ángeles y Paty llegaran. Carlos me dio la mano y se la apretaba fuertemente soplando para detener el pujo; estábamos nerviosos. En eso llegaron Ángeles y Paty, creyendo que todavía había tiempo Ángeles se fue a cambiar y pidió que llenaran el jacuzzi del cuarto del parto, de ese cuarto tan bonito que casi ni use. Su llegada me tranquilizó, para entonces me movía como víbora desesperada sobre la cama, Paty me preguntó qué sentía y le comuniqué que sentía ardor y ganas de pujar. Ante tal declaración no había más que correr, así es que me llevaron inmediatamente en una silla de ruedas al cuarto mientras yo hacia grandes esfuerzos para no pujar.

Entre una contracción y otra me sentía como drogada, como zombi. Mi estar cambiaba drásticamente: en la contracción estaba incómoda y desesperada por tener que aguantar el pujo y en los intervalos me transportaba a otro planeta. Llegamos al cuarto y todos estaban nerviosos (o por lo menos así lo percibí ) preparándose lo más rápido que podían. Carlos ya estaba ahí y Ángeles también, Paty como por arte de magia se puso el traje pero la enfermera no podía poner en posición la cama, el agua del Jacuzzi se llenaba lentamente y yo sentía que el bebé se me salía. En esos momentos Paty fue un gran apoyo que me tranquilizaba cariñosamente, una presencia fuerte y dulce que me transmitía confianza, me recargaba en ella, respiraba, movía la pelvis…pasaron segundos que se me hicieron horas. De pronto sentí que la cabeza del bebé ya se había asomado y ya no pude aguantar más el pujo, la enfermera por fin acomodó la cama, me subí con miedo de aplastar a mi bebé pero la voz segura de Ángeles me guió hasta que de pronto pude ver como suavecito fue saliendo una cabecita, entonces me llegó una nueva energía y me sentí poderosa, pujé y saqué el mismo rugido animal que me impresionó tanto en mi primer parto. Se deslizó un cuerpecito morado fuera de mi. Me invadió la emoción, el tiempo se detuvo, regresé a la tierra, regresó el sonido y abracé a mi hijo. Me sentí plena y empecé a temblar. Eran las 7: 07 a.m.
Como lo dije al principio, mis dos partos han sido las experiencias más fuertes, más dolorosas y más emocionantes que he vivido. En cuestión de segundos maduré años y mi vida se transformó felizmente. Sin embargo, considero importante para toda aquella futura madre que lea este relato, mencionar la parte dura de todo lo que viene después de dar a luz. cuando ya no hay hormonas que nos ayuden a flotar y nuestro cuerpo sumamente agotado resiste meses de no dormir más de 3 horas seguidas. Todo tarda en reacomodarse, sobretodo con el primer hijo y para colmo la relación de pareja corre el riesgo de perder una cosa importante si la descuidamos. Los hombres tardan en entender y aceptar su nueva condición y el agotamiento de la madre la vuelve irritable y ausente. Recomiendo prepararse lo más posible para procurarse un descanso diario..
Ser madre es duro y es difícil pero es hermoso.


Galia Eibenschutz