El parto de Kalyan
Nunca le tuve miedo al parto. Desde mucho antes de embarazarme tuve la seguridad absoluta de que podía parir, como mi madre, sin ningún problema. Creo que eso se debe a que nunca escuché historias aterradoras. En mi entorno el parto no parecía ser algo problemático, hasta mi llegada a México. Aquí, en mi círculo, sólo UNA mujer había tenido parto natural y al enterarme del número de cesáreas practicadas en este país, el miedo a que me sabotearan mi parto se volvió una obsesión. En esa búsqueda de parto natural, me encontré con gente para la que un parto natural no sólo era un parto normal sino también un parto en la que la mano médica interviniera lo menos posible. Así es como empecé a contemplar la posibilidad de tener un parto sin epidural, cosa que las mujeres de mi entorno familiar consideraban no solo retrógrada sino inhumano. Lo interesante es que creo que siempre tuve la intuición de que eso era lo mejor, solo que en mi entorno no se hacía, de modo, que nunca se me había ocurrido. Luego, una amiga que parió en su casa me prestó un libro maravilloso* en el que descubrí explicaciones a todo lo que había ya intuido sin estar realmente convencida de ello. Gracias a ese libro entendí que todos los miedos irrazonables en cuanto a la presencia de terceros en el parto, miedo a los doctores, ganas de parir sola y otros sentimientos confusos que no podía entender no eran mas que manifestaciones de mi sabiduría primitiva, de mi lado animal. El caso es que radicalicé mi postura y decidí hacer todo lo posible para parir de la forma más natural posible.Eso sí, no estaba segura de que pudiera aguantar el dolor pero por lo menos tenía que intentarlo.
Primero me quise preparar físicamente. Para mi era importante seguir haciendo ejercicio durante el embarazo así que decidí pasarme de las clases de yoga que ya estaba tomando a unas especiales para embarazadas. Los dos últimos meses, fui a nadar a menudo. También tomé un curso psicoprofiláctico y leí varios libros que me prestaron o recomendaron. Gracias a los cursos, pude estar en contacto con otras mujeres embarazadas; compartir experiencias con ellas y escuchar sus historias fue una ayuda verdaderamente inmensa.Con el ejercicio, traté de que mi cuerpo estuviera lo más en forma posible para poder afrontar el parto bien entrenada, como si fuera un maratón. La yoga y el curso orientaban también la preparación hacia el dolor: cómo aguantarlo y manejarlo. Y aunque traté de aprender todo lo necesario para poder vivirlo mejor, pensaba que no me iba a ser tan útil porque sabía que en cuanto iba a sentir un dolor demasiado intenso, ya no podría controlar nada y me pondría a gritar, descontrolada. De hecho, es exactamente lo que pasó. Al principio, traté de respirar y aplicar las técnicas que conocía pero en realidad, me dejé submergir bastante rápidamente y me desahogué gritando. Es mi forma habitual de manejar el dolor y ya sabía lo que iba a suceder. Exteriorizarlo me ayuda a soportarlo mejor pero de ninguna manera lo controló. Lo sufrí como algo necesario e inevitable que en un momento dado (que parecía no llegar nunca) iba a terminar. También recuerdo pensar que no podía existir en el mundo un dolor más intenso y que efectivamente, como me habían dicho, era inhumano.
Pero el estar en mi casa durante casi todo el trabajo, poder moverme, ir al baño, comer, estar en un espacio conocido y agradable me ayudó mucho. De hecho, no puedo imaginarme haber estado en otro lugar. Al llegar al hospital ya estaba fuera de control. La ginecóloga me volvió a cuadrar, me obligó a respirar de cierta forma y sobre todo, no dejó de repetirme que ya estaba cerca del final y eso era lo que necesitaba oír para no desesperarme. Aunque lo mas importante fue que no dejé de pensar en todas las mujeres que habían pasado por ahí y lo habían logrado. Si ellas habían podido, no había ninguna razón por la que yo no pudiera también.
De hecho, el parto me reveló que soy mucho más fuerte y tengo más confianza en mí misma de la que sospechaba. También tengo un umbral al dolor superior al que creía. Además, tuve una experiencia extraña. El parto me hizo sentir parte de un proceso sobre el que no tengo influencia: el curso de la naturaleza. Es decir que parir es algo que una hace por instinto. No tengo la sensación de que haber parido haya sido un acto voluntario sino más bien que mi cuerpo lo hizo, independientemente de mi voluntad. Y sobre todo, más que haber parido, siento que mi hijo nació. Sentí sus pies empujándose para poder salir. Y tengo la sensación extraña de que todo fue un sueño del que yo fui parte y miembro activo, pero sin decidir verdaderamente de mis actos. Todos mis movimiento, los hacía sin saber de donde venían ni porqué, guiada por una necesidad imprescindible de hacerlos.
Creo que para una experiencia plena y satisfactoria del parto hay que saber qué tipo de parto se quiere y tratar de conseguirlo estando a la escucha para ser capaz de moldearse a las circunstancias impuestas por el cuerpo, el bebé y las circunstancias. Es necesario recordar que es una experiencia de dos en la que hay que dar lo máximo y aceptar el curso que toman las cosas. Y sobre todo creo que es muy importante que no haya interferencias externas que vengan a alterar el proceso.Creo que toda mujer embarazada debería de reflexionar sobre el parto que desea. Me parece muy válido que algunas no quieran sentir nada y prefieran anestesia porque me parece que nadie mas que nosotras deberíamos de poder escoger lo que queremos para nuestro cuerpo. Una vez establecida la elección, documentarse y rodearse de la gente adecuada es fundamental y sobre todo, no alejarse de lo que una cree y no dejarse influenciar por los demás. Hay que confiar en sí.
Yo quería dar a luz en mi casa y al no recibir apoyo de mi pareja (ni de nadie de mi familia) para hacerlo, di a luz en un hospital, para que todos, incluida yo, estuviéramos más tranquilos. Llegué caminando, una hora y cuarto antes del nacimiento de mi hijo y tuve un parto maravilloso. Si pudiera volver a hacerlo, tendría más confianza en mí misma, en lo que creo profundamente, impondría mi voluntad y me quedaría en mi casa. De haberlo hecho, habría tenido el mismo parto, pero en mi recámara con más intimidad, lo cual hubiera sido el parto perfecto.*"La Revolución del Nacimiento", Isabel Fernandez del Castillo, Editorial Edaf.(1994)
Sophie Gómez