Los partos de Maya y Greta
1.
Comencé a preocuparme por la vivencia del parto al darme cuenta de que los cambios que estaba sufriendo mi cuerpo –que eran mucho más complejos de lo que yo hubiera creído– iban a culminar en un hospital. Suena un poco obvio, pero el hacer conciencia de esta situación me llenó de temor, preocupaciones y dudas que iban más allá de la dulce sensación de estar embarazada.
Comencé a informarme sobre el embarazo y sus procesos a través del médico, libros y la experiencia de amigos y familiares. En vez de tranquilizarme, la información me aterró. Sin querer, mi embarazo se transformaba en una situación de alto riesgo, en la que peligraba mi vida, la de mi bebé y, por si fuera poco, la estabilidad emocional de mis seres queridos. La culminación del doloroso proceso sería, en el mejor de los casos, una serie de desvelos y cansancios en las que yo envejecería inevitablemente al “donar” mi cuerpo, alma y nutrientes al nuevo ser. Un tío mío, con todo su amor, me dijo que quedaría agotada, gorda, vieja y calva. Nada mejor que tener un bebé para perder la juventud. Entonces prohibí terminantemente a la gente hablarme negativamente de partos, embarazos o hijos.
Sobra decir que entré en estado de alerta y alarma. Mi natural exceso de preocupación tampoco ayudó. Entonces decidí que lo mejor sería acercarme a un curso psicoprofiláctico. José Luis y yo conocimos a Nara y nuestra percepción del parto se transformó por completo.
Creo que la gran ventaja de Nara respecto a otras instructoras es que realmente ha vivido la experiencia del parto desde bastantes puntos de vista: como madre adolescente, madre madura, profesional, abuela y amiga. Su manera de concebir los procesos del embarazo son con sumo y profundo respeto al cuerpo, a la mujer, a los procesos naturales y sensitivos, sin exageraciones ni complacencias.
Gracias a ella me di cuenta de que el embarazo, además de las incomodidades normales, es un estado único, envidiable y pleno que demuestra salud. También me enteré que, con mínimas precauciones, podía realizar todas mis actividades cotidianas. Como soy buena aprendiz, supe que debía tener paciencia, aprendí las múltiples ventajas de un parto natural y a reconocer las señales de un doctor con tendencias “cesearezcas”. Disfruté como nunca de mi embarazo, aunque nunca se me quitó el temor. Curiosamente, entre más se acercaba el momento, menos ganas tenía de parir. Era feliz con mi enorme panza de 37 semanas y la idea del hospital me aterraba.
Esa semana sentía a Maya encajada, me daban calambres en las ingles y contracciones muy seguidas. El doctor me dijo que tenía tres centímetros de dilatación y que seguramente no pasaría del fin de semana y me habló bellamente de las cesáreas. Salí corriendo. Fui a la Clínica de Especialidades de la Mujer del Hospital Militar y allí me dijeron que no tenía porque adelantarse tanto, pues no existían señales de que fuera a nacer pronto. Yo ya sabía, gracias a Nara, que la dilatación puede comenzar semanas antes del parto, sólo tenía que ser paciente. Así que me dediqué trabajar –nunca he sido más productiva– para dejar todo listo en la oficina; como me sentía muy bien, no quise tomar incapacidad. También me entretuve haciendo tonterías para las que jamás hubiera pensado que soy dotada: edredones, sabanitas, colchitas, almohaditas.
Llegué a la semana 40 y Maya no daba señales de querer salir, estaba muy contenta en mi panza. El médico me desprendió membranas para acelerar el proceso. Tuve contracciones todo el día, cuando llegaron a tres en diez minutos nos fuimos al hospital. Para estas alturas ya estabamos muy ansiosos por conocer a la pequeña Maya. Al llegar se me quitaron las contracciones y me mandaron de regreso a casa. Con mi doctor hubiera terminado en cesárea. El hospital militar sólo recurre a cesáreas en el 4% de lo casos.
Pasó una semana más para que el verdadero trabajo de parto arrancara. Fue tan diferente a las contracciones que tuve antes, que esta vez sí estaba segura de que el momento había llegado. Hicimos tiempo en casa, pero eran tan dolorosas que supe que teníamos que correr al hospital. Sentía que Maya se me salía cuando bajaba las escaleras de mi casa.
Es curioso, pero parece que mi paciencia fue recompensada con la brevedad: tuve tres intensas horas de trabajo de parto en casa y llegué al hospital con dilatación completa. Maya nació a los quince minutos. Fue como una explosión de adrenalina y nervios. He olvidado bastantes detalles, pero recuerdo la sensación de sentir su cabello cuando estaba coronando. La enfermera puso en espejo frente a mi para ver el parto, claro que hubo un momento en el que dejé de verlo para concentrarme. José Luis no se cansaba de decirme que lo estaba haciendo muy bien.
Había un montón de enfermeras y doctores que entraban y salían del cuarto mientras dirigían mis pujos, así que me forcé a pujar; lo hice muy mal y me desgarré, aun así fue mucho mejor que una episiotomía. Sentí distintos dolores: las contracciones, el desgarro, las suturas. El dolor más terrible que recuerdo fue cuando me sacaron la placenta. Terminé agotada y con la presión baja. ¿Relajaciones y respiraciones? No me recuerdo relajada, las respiraciones salían de manera automática: había servido mi curso psicoprofiláctico. Cuando se me reguló la presión me dieron a Maya y bajamos juntas en la camilla hasta el cuarto. Nunca nos separaron desde entonces. Yo estaba feliz, había logrado sobrevivir al parto psicoprofiláctico y a pesar de la rapidez, lo había disfrutado enormemente2.
Cuando supe que estaba embarazada por segunda vez tomé todo con más tranquilidad. Por días me olvidaba de mi estado de buena esperanza y mi vida transcurría, según yo, con normalidad. Después de varios arranques de locura, me di cuenta de que no estaba atendiendo mi embarazo y comencé a ponerme nerviosa.
Entonces recibí una llamada de Nara, que supo que estaba embarazada. Fui a visitarla e inmediato me inscribí al curso. A pesar de que ya sabía de qué iba el cuento, pude darme cuenta de que no estaba bien preparada para un segundo parto. Estaba inundada de nervios. Ya tenía suficiente información, así que esta vez me concentré en prepararme mentalmente para el momento del parto. Me inscribí además en un curso de yoga para embarazadas. Los dos cursos fueron complementarios: con Nara refresqué la teoría; con Stephanie, la instructora de yoga, comencé un nuevo aprendizaje.
La relajación y concentración del yoga me permitió reconocer las señales de mi cuerpo. Comencé a “escucharlo” y a vivenciar las sensaciones. Stephanie me había dicho que lo más útil del yoga era esta actitud de reconocimiento y la automática sensación de relajación cuando se ha practicado con constancia. Además las posturas de yoga eran muy útiles para las incomodidades de los últimos meses.
Esta vez quería una experiencia diferente, mucho más serena que mi primer parto. No quería un hospital lleno de gente ni un médico anónimo. Tuve la enorme suerte de encontrar un doctor que desde el inicio me habló de su sincera preferencia por los partos. Con cada consulta crecía mi empatía por sus métodos. Al final del embarazo sentía una combinación de confianza y seguridad con los inevitables nervios y ansiedades.
Todo marchó alegremente. Dejé de ir a la oficina en la semana 38 para evitar el estrés cotidiano y poder consentirme. Esta vez me olvidé de las cosas materiales que hacían falta y José Luis y yo nos dedicamos a disfrutar de Maya, porque sabíamos que para ella iba a ser difícil la llegada de su hermana. Y llegué a la semana 40, de nuevo, sin señales de parto. Armando, mi doctor, comenzó a preocuparse y me sugirió una inducción al terminar la semana 41. Yo sabía en el fondo que no sería necesaria. Un día antes comencé con trabajo de parto.
Esta vez los dolores fueron menos intensos. Comenzaron en medio de la celebración de cumpleaños de José Luis, a las 10 de la noche. Yo tenía al lado a mis mejores amigos y a mi mamá. Me dio mucho gusto compartir mis primeras contracciones con ellos. Todos se fueron para dejarnos trabajar a gusto. Al comienzo las posturas de yoga me fueron muy útiles. José Luis estaba muy nervioso e interrumpía mis relajaciones y Maya se despertó y se pasó a nuestra cama. No podía concentrarme así que me fui a su cuarto. Estaba sola, con la lámpara prendida tratando de dormir un poco y completamente relajada. ¡Logré relajarme! Tanta preparación estaba valiendo la pena. Dejé de contar el tiempo de cada contracción porque estaba segura de que mi cuerpo me daría la señal para ir al hospital. Esta vez quería llegar con tiempo. A las dos de la mañana se intensificaron las contracciones, me metí a la tina y el dolor disminuyó. Salí de la tina cuando llegó el momento. Hablaba muy poco con José Luis que hizo verdaderos esfuerzos por no interrumpir mi actitud de relajación. Llamé a mi doctor y a mis padres para que fueran a la casa a cuidar a Maya. La salida interrumpió de cierta forma el proceso, porque tuve que preparar las cosas que faltaban, despedirme de Maya e incluso seleccionar la música que me acompañaría al hospital.
El camino fue tranquilo, sólo tuve una contracción y a José Luis le dio tiempo de detener el carro para poder relajarme. Cuando llegamos el doctor nos estaba esperando, eran las 4:30 de la madrugada. Tenía cinco centímetros de dilatación. A pesar de que había expresado mi deseo de no ir a la sala de labor, el doctor me llevó allí para monitorear las contracciones y aprovechó para romper las membranas. No estoy muy segura de que haya sido lo mejor, pero comencé de inmediato a entrar en transición. Me llevaron a la sala de labor-parto-recuperación que me gustó porque tenía un gran espejo frente a la cama de expulsión. Había una grabadora así que José Luis puso música. Sólo estaban el doctor y la enfermera, que no se dirigían a nosotros sino para pequeños detalles, cosa que agradecí. Hacía bastante frío y ante mi queja el doctor advirtió a la enfermera de que hacía falta un calentador.
Sin darme cuenta comencé a pujar, Greta estaba a punto de nacer. Recuerdo a Armando como una presencia distante, simplemente estaba observando que todo siguiera su curso. Ya tenía dilatación completa y comencé a preguntar si estaba haciendo bien; ante mis dudas, Armando me sugirió que hiciera lo que me pidiera mi cuerpo. Nunca dejaré de agradecer el consejo: de nuevo me concentré en ver qué pasaba dentro de mi, la música en la sala fue de gran ayuda. Tenía enormes ganas de pujar, una fuerza enorme que salía de mi acompañada de una sensación de alivio que no sentí en el nacimiento de Maya. José Luis estaba muy emocionado y me recordó la técnica del pujo. Entre las contracciones me hacía un masaje muy reconfortante en las piernas. Greta nació luego de una transición de tres contracciones muy dolorosas y tres pujos bien hechos. Armando me pedía que no pujara fuerte y contuvo mi periné con una gasa. No tuve desgarro.
Sentí cómo salía el cuerpo de Greta de mi, como si las fibras nerviosas de mi canal estuvieran dispuestas a recibir los estímulos del cuerpo que salía; el recuerdo de esta sensación es indescriptible. Suspiré profundamente cuando nació. Quería repetirlo de nuevo. La placenta nació sin que yo me diera cuenta.
El médico dijo en su siguiente visita: “esto es vida; el resto, vanidad”. Es maravilloso que cada nacimiento nos revele que la función de la vida es la vida misma, y qué fácil es hacer caso omiso de ello. Por eso no me canso de promover los embarazos y partos naturales. Me parece terriblemente triste que muchas mujeres por temor e ignorancia prefieran “por seguridad” cesáreas y se nieguen a sí mismas la vivencia de la perfección de la naturaleza. También me sorprende que todos piensen que las mujeres de parto somos más valientes. Simplemente nacimos mujeres, con un cuerpo diseñado para contener una vida en crecimiento y dejarla salir cuando llega el momento. La vida civilizada, con notables prejuicios hacia lo “salvaje” nos ha negado el reconocimiento de nuestra naturaleza; las que la hemos reconocido, gracias a la apostólica ayuda de notables mujeres como Nara y Stephanie, recibimos el bello regalo del parto.
Selva Hernández